Un Siglo

A quien se anime a aceptar una invitación de este artículo, les ruego que busquen un mapa de América del Norte y visualicen en ese marco de referencia el territorio de los EE.UU. y, un poquito más abajo, muy cerca de La Florida una isla pequeña, aunque una de las mas grandes de las Antillas, pero no por eso menos pequeña: esa es la isla de Cuba.

La superficie total del Imperio (sin tomar en cuenta zonas ocupadas) es de 9.147.593 k2 en tanto que Cuba (tomando toda la zona insular que la rodea) apenas llega a 109.884 k2. En lo que hace a población el primero en 2026 supera los 349 millones de habitantes y la isla, hasta 2024 no superaba los 10 millones.

Los actuales ocupantes de la Casa Blanca (entre los cuales hay un importante número de cubanos exiliados) sostienen que Cuba es un peligro para la seguridad norteamericana: Vale decir que un país 83 veces más pequeño y con una población 349 veces menor pone en riesgo el futuro de una de las mayores potencias mundiales, con una superioridad militar incuestionable.

Cuando uno escucha estas cosas no puede menos que reirse a carcajadas o, por lo menos, sonreir, pero ni siquiera eso. ¿Porqué? Porque la situación de la población de la isla es desesperante.

Desde casi los inicios de la Revolución Cubana, triunfante el 1 de enero de 1959, EE.UU. decretó un embargo que impide el normal funcionamiento de la isla. Y ello se agravó a principios de este año cuando el Imperio llevó a cabo una acción ilegal contra Venezuela y sus autoridades constitucionales y como consecuencia de ello hace imposible el suministro del petróleo que Cuba necesita para su desenvolvimiento. El que recibía desde Caracas o cualquier otro.

La isla está abastecida por sus fuentes propias, que son escasas y difíciles de procesar, pero carece de insumos para sostener la iluminación de sus hospitales, sus centros universitarios, sus escuelas, el abastecimiento de vehículos oficiales y particulares, no disponen de medios para conservar alimentos… Carece de todo en materia energética: Hubo un “tiempo feliz” en el que la carencia de estos insumos generaban “apagones”, luego llegó otro tiempo en que el eterno optimismo de los cubanos llamó “alumbrones” (por los periodos cortos en que disponía de luz) y hoy se vive prácticamente a oscuras (por lo general 22 de las 24 horas de cada día).

El daño que se inflige a todo un pueblo tiene como objetivo lograr la rendición total de Cuba ante el Imperio.

Los “amos del mundo” están convencidos que el pueblo cubano se va a rebelar contra los responsables de estas calamidades, que vendrían a ser sus propios dirigentes y no quienes intentan lograr esa rendición. Porque, además de los problemas energéticos en Cuba hay hambre. Se estima que la mayor parte de la población está en nivel de pobreza, los alimentos escasean y lo poco que hay tiene precios elevados. Es decir, están dadas todas las condiciones para lograr una rebelión popular.

Sin embargo, en medio de semejante cuadro, el 12 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento de Fidel Castro y los cubanos, a pesar de todo lo han celebrado.

No me voy a poner a historiar en este momento la vida de “El Caballo”, el loco que el 27 de julio de 1953 quiso asaltar el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, para hacerse de armas y derrocar al tirano Batista; solo diré que, ya en prisión, el joven abogado asumió su propia defensa y conocemos su alegato “La historia me absolverá”; agregaré que por una dispensa casi eclesiástica gozó de un indulto y se refugió en México, donde su vida se cruzó con la de Ernesto Guevara, “El Ché” y que con un grupo de otros 81 locos se subieron al yate “Gramma” el 25 de noviembre de 1956 y el 12 de diciembre desembarcaron en las proximidades de la Sierra Maestra donde sobrevivieron solo 12 de todos los viajeros; pero muchos de ellos llegaron a La Habana tres años después…

Y a partir de ese momento, como bien supo definir Jean-Paul Sartre, se desató el “Huracán sobre el azúcar”, que se expandió a todo el mundo.

Lo demás es historia reciente, mas que historia “epopeya” diría yo, “gesta heroica” dirá la historia.

No otra cosa es el tributo de Cuba al desenvolvimiento de los procesos de emancipación de los pueblos que desde aquellos años han llevado a cabo su liberación nacional.

No otra cosa es que cuando el mundo supuestamente socialista implosionó, a partir de 1989, los amos del mundo esperaban la inminente caida de “la isla profética”, como la llamó el yanki Waldo Frank.

Cuba debió soportar a partir de ese instante lo que el propio Fidel denominó “el doble bloqueo”: el impuesto por el imperio y lo que significaba la caída de aquellos gobiernos que habían provisto máquinas, automotores e insumos y hoy ya no estaban en condiciones de hacerlo.

El “periodo especial”, eufemismo creado por el líder para llamar a los momentos posteriores encontraron apenas una pequeña mejoría por el triunfo de la Revolución Bolivariana, que supo aportar el petróleo imprescindible como queda en evidencia.

Mis amigos cubanos lamentaban haber perdido los escasos privilegios de antes de esa triste realidad y los hijos de mis amigos se preguntaban por qué el bloqueo era tan insensible con las privaciones de todo un pueblo.

Y cuando me disponía a escribir sobre esta realidad recibo la invitación de mi amiga Anselma Betancourt Pulsán, para asistir a la presentación de su libro “Fidel contra las drogas” en la Feria Internacional del Libro de La Habana, entre el 10 y el 16 de agosto.

No se derrota a un pueblo decidido a sostener su destino.

Los gringos podrían hundir la isla con bombas en el mar Caribe, que duda cabe, pero saben, saben muy bien, que no es posible una invasión con sus mercenarios porque el costo sería altísimo. Sin duda que lo sería para el pueblo de Cuba pero pagarían los gringos un alto costo por ello.

El “desmadrado”(1) Trump ha asegurado que la caida de Cuba será “la frutilla del postre”, que seguramente intentará digerir antes de las elecciones de medio término de noviembre próximo pero mucho me temo que se va a quedar con las ganas, más allá de las gestiones del otro “desmadrado” que viene a ser su secretario de Estado, Marco Rubio.
 

(1) Hombre cuidadoso del lenguaje, Fidel Castro ha sabido denominar con el calificativo de “desmadrado” a un hijo de puta. Tomo ejemplo de él.

 

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