Manifestantes y fotorreporteros permanecen frente al Congreso a pesar de la represión. Foto: Andrés Manrique (ANRed)
El miércoles 11 de febrero, mientras en el senado se debatía la reforma laboral, la policía reprimió a una manifestación masiva. Pasados más de 20 minutos del inicio de la represión un grupo pequeño armó una barricada con láminas y la enfrentó. No fueron los únicos, cientos de manifestantes se quedaron a pesar de los gases, las balas de goma y el agua. Pero al día siguiente desde cuentas de “influencer” y medios hegemónicos de perfil progresista se acusó a algunos de ellos de ser “infiltrados” sin mostrar un solo dato duro. Los medios hegemónicos afines al gobierno directamente utilizaron la palabra “terrorista” figura utilizada por el gobierno. Entre los argumentos estaba el que no habían sido parte de las personas detenidas. ¿Qué nos llevó a esta cultura de la delación? ¿Qué nos llevó a que muchas y muchos confíen en personas carentes de rigor periodístico para difundir cualquier cosa? Días después se realizaron detenciones: una de ellas fue la de Milton Tolomeo quien continúa preso.
Por Ramiro Giganti (ANRed)
«- ¿Quién mató al comendador?- Fuenteovejuna señor
– ¿Y quién es Fuenteovejuna? – Todo el pueblo, a una».
Esta cita parece más un sueño, una utopía, un deseo de un tiempo pasado. La obra escrita por Lope de Vega hace 405 años tuvo sus réplicas hasta hace pocos años. Habla de la rebelión de un pueblo contra un régimen opresor y se basa en un hecho real ocurrido en el Siglo XV.
En el mes de febrero, pero en 1995, el gobierno de México, en ese momento con Zedillo en el poder, emitió una orden de captura contra el Subcomandante Marcos, referente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional – EZLN. El personaje oculto detrás de un pasamontaña que afirmaba “ocultarse para ser visto” fue desafiado a mostrarse y entregarse. La respuesta popular fue contundente: “¡Todxs somos Marcos!”. La consigna se volvió un símbolo de las luchas en todo el mundo incluso en los primeros años de este siglo. Las estrategias se fueron agotando y la narrativa zapatista se fue diluyendo en un relato autonomista que rápidamente se iría agotando al avanzar las disputas de poder. El anonimato como estrategia también fue apropiado por la derecha creando “trolls” y utilizando el anonimato como herramienta de impunidad, pero la raíz de ese gesto supo permanecer en la humanidad durante siglos y recobró fuerza en los últimos años ante las luchas en todo el mundo en apoyo al pueblo palestino: “¡Todxs somos Gaza!”.
¿Todos? Lamentablemente no. El progresismo argentino miró para otro lado ante un genocidio que parecía lejano y tras la invasión a Venezuela, el bloqueo a Cuba y la expansión de prácticas como el ICE hoy no parece serlo. Desde ese mismo paradigma aparece (y hasta se cuela en parte de la izquierda) el relato de delación acusando sin datos duros a manifestantes de ser “infiltrados”. Pero ¿Qué sucedió el pasado 11 de febrero? ¿Qué había sucedido en otras manifestaciones?
Sobre casos previos en manifestaciones
El relato de marcar a quienes enfrentan a la policía con algún tipo de acción directa violenta como infiltrados tiene larga data, como lo tiene la estrategia gubernamental de infiltrar a las manifestaciones, algo que viene pasando mucho. Si hacemos un recorte más cercano, en 2017 el debate reflotó con fuerza. Primero ante acciones directas mientras Santiago Maldonado estaba desaparecido y luego el conocido relato de las “40 toneladas de piedras” en la manifestación contra la reforma previsional en diciembre de aquel año.
También eran tiempos de auge de las luchas feministas y en muchos casos se condenaba más a quienes pintaban una pared que a la inacción o indiferencia ante la cantidad de femicidios que se daban a conocer. Si a algunas personas les preocupaba más que se pinte una pared a que se asesine a una mujer, ahora parece preocupar más que vuelen algunas piedras o dos botellas con combustible hacia el otro lado de la valla que los crímenes que se legislan desde el Congreso.
Sobre la “funcionalidad” de las acciones
Un debate necesario es el de la funcionalidad de las acciones. ¿Qué logra una acción directa? ¿a quién beneficia? La respuesta no siempre es la misma, pero hubo momentos donde el resultado no fue el buscado, o al menos no fue favorable para la mayoría de quienes se movilizaron ni para cumplir con los objetivos de la movilización. El concepto “pudrirla” que muchas veces se utiliza para caracterizar dichas acciones se refiere a un hecho particular: cuando una manifestación transcurre con calma y una acción altera todo para convertirla en otra cosa, generando, presuntamente, la represión. Cuando eso sucede, aparecen las dudas y las sospechas “¿Quiénes la pudrieron? ¿Para quién juegan?”. El accionar gubernamental durante las dos gestiones de Patricia Bullrich alimenta esta especulación cuando aparecen misteriosamente volquetes llenos de piedras. Pero dejando de lado otros episodios “dudosos” analicemos que sucedió el 11 de febrero.
Foto: Andrés Manrique (ANRed).
Un hecho concreto es que quienes enfrentaron a la represión el pasado 11 de febrero “no la pudrieron”, ya que cuando armaron esa pequeña barricada hacia casi media hora que había empezado la represión con gases e hidrantes. Tirar una piedra o una molotov puede ser un elemento de debate crítico, pero el dato duro es que quienes fueron señalados como “infiltrados” no fueron quienes generaron la represión porque la represión ya había comenzado. No hace falta solo creer palabras, un video de una transmisión de La Nación (es decir: un medio hegemónico y de perfil oficialista) muestra durante más de dos horas y media la secuencia desde un momento donde la manifestación se desarrollaba sin inconvenientes hasta cuando se empieza a tensar y tras una hora ya había represión con hidrantes tirando agua, y policía y gendarmería disparando bombas de gases y balas de goma contra manifestantes. Pasaron más de 20 minutos desde el inicio de la represión hasta que se ve el armado de dicha “barricada”. Entonces ¿Quién empezó?
En lugar de hacer ese análisis sobre la funcionalidad, infulencers y hasta periodistas consagrados optaron por la delación. Salieron a acusar de infiltrados sin tener datos duros degradando el oficio del periodista, o siendo «influencer», exhibiendo su ignorancia y como tener seguidores y ganar «clics» lejos está de la idoneidad y respeto a la información. Se enfocaron en detalles sobre la vestimenta, o que «la policía no les detuvo, exigiendo mayor eficacia en las fuerzas represivas. Pudiendo haber señalado que la represión había empezado antes de que vuele la primer piedra mostrando que la decisión del gobierno era reprimir pase lo que pase optaron por la delación. Hoy Milton Tolomeo está preso acusado de «terrorista». También, tras esas delaciones (hayan incidido o no en las decisiones del gobierno) hubo dos personas en situación de calle detenidas.
Fuenteovejuna y El Quijote: entre la solidaridad y el aislamiento
Las detenciones se produjeron, como suele suceder, en los márgenes con el clásico operativo de pinzas, mientras se intentaba “liberar” la plaza, primero tirando agua y gases. Fue muy similar a lo sucedido en diciembre de 2017, solo que aquella vez hubo mayor resistencia en la Plaza de los dos Congresos. Si bien en aquel entonces también hubo cuestionamientos y posteriores detenciones, la reacción fue más parecida a la de Fuenteovejuna. Sebastián Romero, popularizado como “el gordo mortero” fue perseguido y criminalizado en los medios, pero también se construyó un mito popular: memes lo presentaban como superhéroe. Hubo otros encarcelados y procesados y hay juicios que continúan (Daniel Ruiz, o Cesar Arakaki son algunos de los casos). Pero en aquel entonces no se acusó a nadie de “infiltrado”. Si bien no se evitó dicha reforma, la movilización de diciembre de 2017 marcó el principio de la caída del macrismo, que acababa de ganar las elecciones de medio término.
Volviendo 4 siglos atrás, antes de Fuenteovejuna Cervantes había escrito El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha. Las dos historias reflejan una época de oro en el pensamiento, la crítica y la creación, pero las historias marcan también una diferencia con diferentes desenlaces: uno es un héroe colectivo, el otro uno individual devenido en “antihéroe”. En Fuenteovejuna todos son El Quijote, pero en el mundo de Cervantes, mas conectado con la triste actualidad, El Quijote es marginado y ridiculizado a pesar de que lucha por ideales nobles.
Los tiempos más oscuros
Este año es el del 50 aniversario del golpe de 1976, la etapa más oscura de la historia argentina. Uno de los elementos presentes durante aquellos tiempos fue la cultura de la delación. La delación es fundamental en todo genocidio, y si no aparece automáticamente lso genocidas la buscan por la fuerza, mediante publicidad y si no alcanza mediante tortura. En Funeteovejuna también hay escenas de tortura, pero sin el resultado buscado. La obra también desafía a la inquisición de aquel entonces. «Haciendo averiguación / del cometido delito, / una hoja no se ha escrito/ que sea en comprobación; porque, conformes a una,/ con un valeroso pecho, / en pidiendo quién lo ha hecho / responden: Fuenteovejuna»
En Argentina se torturó y se amedrentó para conseguir delaciones. Hoy, con la publicidad y el dinero parece ser suficiente. Hoy la delación se autogestiona.
Foto: Andrés Manrique (ANRed).
Los días siguientes al 11 de febrero pasado, medios de comunicación e “influencers” de perfil progresista, salieron a sentenciar diciendo que ese pequeño grupo eran infiltrados. Sus pruebas: la mochila nueva, o que la policía no les detuvo. También dijeron falsamente que no les tiraron agua a quienes acusaban de infiltrados, cuando si se mira el video completo hay momentos donde se les tira durante un momento extendido.
Las imágenes parciales, ya sea el video de TN o la portada de Pagina 12, son engañosas. Muestran una suerte de “desierto” y solo una pequeña barricada con 6 personas, cuando el video en vivo muestra otra dinámica: decenas de personas a sus alrededores, algunos pasan por delante. Las consecuencias de esa delación están a la vista: sea por la delación o una idea original del gobierno y refutando las acusaciones, ya hay un detenido acusado de “terrorista”: Milton Tolomeo. También fueron detenidas los días siguientes personas en situación de calle.
Recientemente la Asamblea de Lanús, como un pequeño Fuenteovejuna, se pronunció por su compañero mostrando quien era. En un comunicado afirman que Milton fue de los primeros vecinos en Lanús que salió a denunciar cacerola en mano que este gobierno vino para minar nuestros derechos y las libertades democráticas todas.
“Milton es un pibe de barrio de esos que querés tener de amigo. Milton quiere hacer unos arcos de futbol en la plaza de su barrio e inaugurarlos con una fiesta. No quiere que les quiten derechos a los trabajadores. Milton ayudó más de una vez a que todxs puedan marchar, acompañando a compas disca o de mayor edad, preocupándose porque lleguemos bien a casa a pesar de los gases y las balas de goma que muchos ligamos en congreso. Milton se solidariza con luchas concretas de los trabajadores, yendo a los lugares a prestar su solidaridad. Violencia es mentir”, dice parte del comunicado que la asamblea difundió días después de su detención luego de la aprehensión.
Somos Quijotes, queremos ser Fuenteovejuna
Corriéndome en el final de esta nota del rol de quien redacta en tercera persona resulta importante una expresión de dolor colectivo y también la bronca de alguien cansado de soportar en numerosas coberturas la agresión de las fuerzas represivas hacia la prensa sin un apoyo mas que el de las y los propios compañeros y manifestantes.
Frente a la indiferencia y el individualismo que se presenta como hegemónico y pragmático, estamos los inadaptados. Los que salimos a la calle y nos duele ver cada vez más personas sin techo o pidiendo ayuda. Que no podemos comprender como cuando una persona en situación de calle duerme bajo el techo de la entrada de un edificio la asamblea del consorcio decide poner una reja.
Nos duele Gaza. Pero cada vez que lo mencionamos nos cambian de tema. Es algo lejano, ajeno. Y si hay una respuesta suele ser “son terroristas” avalando el asesinato de al menos 20.000 niñas y niños en los últimos dos años, además de desconocer la historia de ocupación en la región.
Nos duele la indiferencia de los cercanos. Somos Quijotes, irracionales para el resto, somos locura y deliro, pese a que defendemos la verdad ante todo mientras otros hacen negocio buscando el “click” para ganar seguidores.
Cuestionamos el comportamiento mecánico ante una versión inverosímil de un influencer que surfea la ola del sentido común, el oportunismo y la brutalidad de las masas. El “no te metas”.
Somos los que nos negamos al “algo habrán hecho” como justificación de atrocidades y repudiamos a la “teoría de los dos demonios” no solo para hablar de los años 70 en Argentina.
Cargamos en nuestro cuerpo el pecado de la sensibilidad, el dolor ante el maltrato ajeno. Cometemos el delito de cuestionar a la indiferencia.
Somos «terroristas», «infiltrados», «revoltosos». Somos las y los que el jueves pasado se quedaron hasta tarde en el Congreso pese a que otros se fueron.
Somos Quijotes, queremos ser Fuenteovejuna.
Fuente: ANRed