Sobre la vida y la muerte

En el transcurso de diez días, apenas diez días, los argentinos hemos conmemorado el 50 aniversario del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 y pocos días después, el 2 de abril, los 44 años de la incursión en las Islas Malvinas por la misma dictadura militar que se instaló en aquella fecha. En ambos hechos el desprecio por la vida y la metodología perversa utilizada por los responsables puso de manifiesto su vocación por la muerte.

En el caso de la dictadura he tenido el privilegio de participar de la marcha que la conmemoró y no solo me emocionó: me recordó que hay otra Argentina posible, diferente a este país de pacotilla que nos quieren hacer creer que somos los Miley y los supuestos “argentinos de bien”, miserables testaferros de los grandes grupos económicos que se han apoderado de nuestra Patria algunos y otros, pobres ignorantes que no saben ni siquiera adónde van.

En otro encuentro, una vigilia celebrada en Lomas de Zamora, como tantas, por el aniversario de nuestras Islas escuché la narración de un soldado sobreviviente del ataque al crucero “General Belgrano”, dispuesto en zona de exclusión marítima por la perversa ministra británica Margaret Thatcher quien “ganando esa guerra” quería asegurarse una elección donde peligraba su gobierno ultraconservador. Otra vez, la muerte triunfaba sobre la vida.

No es de extrañar que el “señor Miley” se declare admirador de “lady” Thatcher.

Porque todo tiene que ver con todo: la derrota argentina en Malvinas facilitó la transición democrática a partir del 10 de diciembre de 1983; en aquel momento el radicalismo de Raúl Alfonsín se propuso una reparación histórica de nuestro pasado (que le duró poco) y llevó a cabo los juicios contra las juntas militares responsables del mayor genocidio de nuestra historia; en ese marco muchos ciudadanos se asombraron de lo que habían sido los años “de plomo”; aseguraban ignorar la masacre. Para poder seguir viviendo no querían ver la muerte.

¿Eran ignorantes o no querían saber? En la mayor parte de los barrios hubo operativos contra “delincuentes subversivos”; en las empresas hubo detenciones de dirigentes sindicales; en los clubes deportivos desaparecieron socios; en las universidades, incluso en numeras escuelas secundarias, las fuerzas armadas actuaron contra los jóvenes lideres estudiantiles… No hubo sector donde no existiera la represión que, por otra parte, azolaba las calles, en operativos legales o truchos. Ante todo eso prevalecía la muletilla “por algo será”… ¿De eso tampoco se acuerdan?

Fueron los años en que la vida y la muerte pendían de un impreciso límite. Los fugaces comentarios de personas un poco mas informadas, las posibles lecturas de alguna columna del “Buenos Aires Herald”; el conocimiento de una detención cercana; el otorgamiento de un Premio Novel de la Paz a un argentino (Adolfo Pérez Esquivel); las rondas de las Madres de la Plaza; la visita de aquella Comisión de la OEA, luego de que el futbol se lo comiera todo… todo ello fueron indicios de que algo estaba pasando.

La Junta de notables asesinos que gobernaba la Argentina era la dueña de la vida y la muerte de todos.

Aún así, es cierto que la magnitud de los hechos podían ser inimaginables para muchos. Si hasta en las marchas de los organismos de derechos humanos del periodo final de la dictadura, sobre todo luego de la derrota de Malvinas, una de las mayores consignas reclamaba la libertad de los detenidos y “a los asesinos la cárcel ya”.

Toda esta vida con su cuota de muerte acumulada en tan poco tiempo transcurre hoy en un período que atraviesa el país en medio del negacionismo absoluto del actual gobierno, la torpe (infinitamente torpe) división de la oposición y un escenario mundial alucinante como pocas veces lo ha sido.

Cuando esto escribo cuatro representantes del género humano están viajando a la Luna en un viaje con expectativas de futuros logros en la carrera espacial. Integran el grupo una mujer, un negro y un canadiense. Pese al antecedente del controvertido viaje de 1969 ¡hace 57 años!, este tampoco culminará con un alunizaje. Solo llegará a 6 km del satélite con planes de análisis y observación. ¿Raro no? Quienes están tan lejos, expuestos a vaya a saber cuantos peligros, también ellos están en los escasos límites entre la vida y la muerte.

Pero no es lo único que pasa en este planeta, en este ínfimo espacio que gira en torno de una estrella menor: Rusia lleva más de 4 años hostigando a Ucrania (¿o acaso es al revés?; el estado sionista de Israel está devastando Gaza día a día, casa por casa, piedra por piedra, asesinando hombres, mujeres y niños de a poquito (y, a veces) por muchos; eso no le impide a ese mismo estado llevar a cabo en conjunto con EE.UU. una cruenta, creciente y también extraña incursión contra Irán… En todos estos escenarios la vida y la muerte están tan próximas como nacer o morir.

La vida y la muerte desde siempre han perseguido a los seres humanos. La búsqueda de la vida en el aliento de cada pareja que ama y casi sin darse cuenta gesta la vida. Y, simultáneamente, la muerte, como destino final. Después de todo morir es volver al estado inicial, antes de existir, sin tomar en cuenta las creencias religiosas que opinan lo contrario. Pero así planteado de lo que hablamos es del destino de cada uno de nosotros y, si pensamos en términos más amplios, desde lo social, desde la especie, desde lo universal, la vida y la muerte son otra cosa.

Cada uno de nosotros es este ser vivo que se desplaza y transita por la vida con sueños, proyectos, deseos, amores, frustraciones, rencores, que portamos provenientes de siglos de acumulación de toda la especie. Nacemos con ellos, vienen desde lugares remotos, ni nos imaginamos de donde nos llegan, pero ahí están.

Lo mismo ocurre con el gran capital, la sabiduría, el conocimiento acumulado: tantos años de Humanidad, tantos años de trabajo, tantos años de experimentar, de observar el cosmos, de reconocer los ciclos de la vida, de todo eso que no es la herencia de un solo hombre sino de toda la especie. Existen nombres que a lo largo de la historia conocida nos maravillan con sus descubrimientos pero jamás hubieran accedido a ellos sin el compromiso, el comportamiento, las dudas, las múltiples respuestas de millones de seres perdidos en la historia y que los precedieron.

Cuando se inició en algún remoto charco de agua la primera manifestación de vida hasta que “el hombre se hizo gigante”, ese que hoy es capaz de volar hacia la Luna o asesinar con drones a distancia a un hermano con solo apretar un botón, han pasado tantas cosas que uno no puede entender que nos hace tan maravillosos y detestables.

No me resigno a que alguien quiera llegar primero a Marte por ambición personal; no puedo entender que un tipo al que le resultó posible raptar al gobernante (Maduro, claro) de un país (Venezuela, por supuesto) y su esposa y juzgarlo en otro territorio se la crea y piense que puede repetir la historia en Irán o Cuba… porque le piache, por que es el matón del barrio o del Planeta.

No ignoro que como han anticipado los clásicos, las grandes fortunas se concentran, en un número reducido, muy pequeño de personas que se han apropiado de las mayores riquezas del mundo. También sé que las mayorías de las poblaciones mundiales están sumidas en un submundo que no merecen y, en muchos casos, ni siquiera saben de tamaña ignominia. Se imaginan que la pobreza, la indigencia, el hambre, la falta de salud y educación es el estado natural de los seres humanos: que ese es el mundo tal como debe ser y lo aceptan con resignación porque el sistema perverso las convence de que son merecedores de su fracaso en el paso por la vida.

Hay que lograr que entiendan que a este mundo hemos venido a vivir, a vivir bien, a gozar de la vida y si vivir nos daña es consecuencia de un sistema que se desentiende de todos con el único fin de favorecer a minorías inhumanas. Los modelos sociales que conoció hasta el presente la Humanidad no se compadecen con las reglas necesarias que hacen a la convivencia, al buen vivir. Y así como el saber humano, obra de todo el género, obra del conocimiento acumulado no se reduce a unos pocos sino que es la genuina expresión del saber colectivo, lo mismo ocurre con el capital acumulado por esta sociedad que les niega lo que les pertenece.

Por esas cosas, porque amamos la vida, porque apasionadamente amamos a nuestros hermanos, porque sabemos que nuestro paso por este mundo debe estar colmado de la mayor capacidad posible de felicidad es que nos negamos a resignar las ideas que hemos mantenido antes y que seguimos reivindicando ahora.

Alguna vez, una de mis hijas, con cierto pudor me mostró sus poemas de adolescente: se podían sintetizar así “¡Quiero ser feliz!”.

Nada mas, ni nada menos. Es lo que todos nos merecemos, es lo que todos deseamos y hay que preparar al mundo para llegar a ese estadio, donde no prevalezca el interés de los poderosos y sea posible la reivindicación de los más.

En definitivo amar la vida para vencer a la muerte porque la vida es la que creó este mundo y posibilitó nuestra existencia, y la continuidad de esa vida será nuestra forma de seguir rindiendo tributo al pasado que nos han legado, trabajar para forjar este nuevo presente y construir entre todos, con todos y para todos un futuro mejor. Es decir, honrar la vida y vencer la muerte.

 
02-04-2026

 

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