Nació a la vida a fines de mayo del año X de 1800.
De entrada nomás se vio privada del mayor de los hombres que impulsaba su desarrollo cuando lo mandaron a una representación en el exterior y quien llegaría a ser su viuda, recibió un crespón negro que le anticipó que Mariano no llegaría jamás a Londres.
El gran orador de aquellos años, Juan José, murió preso e impedido de hablar por un cáncer que lo privó del habla.
Mientras las luchas por la independencia se sucedían, los grandes propietarios de tierras se las ingeniaban para ser más grandes propietarios de tierras en la provincia de Buenos Aires y también en las del interior y aquí, en la ciudad puerto, los comerciantes traficaban y en mayor medida se valían del contrabando para incrementar sus riquezas.
Don José debió revelarse contra las exigencias de los que mandan: Él había construido un ejército para liberar a América y querían que lo pusiera a pelear en las luchas entre hermanos. ¡Minga! No dudó en desobedecer y siguió hasta Perú en su lucha emancipadora.
Hacia los años XX de aquel tiempo mi pobrecita ya estaba crecida y parecía dividida en fracciones irreconciliables. Además, perdía a uno de sus mejores hijos: moría Manuel, el abogado que se había improvisado general, tan enfermo como su amada Patria, presente en sus últimas palabras.
Poco tiempo después llegó la primer engañapichanga: un crédito de un millón de libras esterlinas provistas por el imperio dominante, albión, de las que solo arribó a nuestra ciudad el cincuenta por ciento. El resto se lo quedaron los comisionistas. Y ahí inició otra historia.
Perdimos la posibilidad de extender las luchas por la liberación de América y José regresó para imponerse el exilio. Con igual desapego rechazamos sumar el Alto Perú y la Banda Oriental al territorio patrio. ¡Y mi pobrecita aceptaba con dolor esas mutilaciones!
Luego sobrevino un periodo de tensa calma que nunca fue de calma y mucho menos tensa que se prolongó hasta la batalla de Caseros y a partir de ahí el gobierno de los exiliados que culminó con la aniquilación del gauchaje y la terrible Guerra de la Triple Infamia donde hermanados con brasileros y uruguayos contribuimos a destruir el Paraguay, con nuevos financiamientos de Inglaterra y, por supuesto, nuevas comisiones para los comisionistas.
Ya se habían sentado las bases de nuestro desarrollo “independiente” como vasallos del imperio inglés y siguió habiendo mas préstamos, mas comisiones y mayor endeudamiento como para quedar atada a las órdenes del imperio e justificar la denominación de “la gran deudora del Sur”.
No faltó algún elocuente presidente que aseguró que Argentina iba a honrar sus deudas con el hambre, la sed, el sudor y (porque no) la sangre de sus hijos.
Y así fue hasta que el gran Imperio dejó de serlo, luego de la Primer Gran Guerra, por los años treinta del siglo veinte, cuando iniciamos el ciclo de sustitución de importaciones.
Por un tiempo dejamos de ser deudores e incluso fuimos acreedores, lo que nos permitió recuperar parte de nuestra soberanía. Y en esos años dejaste de ser pobrecita: se te veía rozagante, impulsiva, dispuesta a grandes proyectos. En la madurez estabas lista para que uno se enamorara de vos.
Fue mi caso. En los años cincuenta del siglo veinte quedé rendido a tus pies.
Por eso, cuando a mediados de junio de 1955 hubo quienes bombardearon la Casa Rosada, tiraron bombas sobre la Plaza de Mayo (nuestra ágora), ametrallaron personas indefensas con la intención de matar a un solo hombre y, a falta de poder lograrlo no trepidaron en masacrar más de 300 compatriotas y dejar heridos, en muchos casos mutilados, a más de 1.000 me pregunté que odio había renacido de sus cenizas para empujarlos a semejante locura.
Y a partir de ese hecho criminal, infame, se han profundizado las divisiones entre los argentinos. Incluso hoy, miles, quizá millones de argentinos no saben de ese hecho: el peronismo gobernante trató por temor de ocultarlo; su vencedores lo minimizaron con la eventual quema de las iglesias (hecho también miserable y doloroso); en nuestras escuelas de ese tema no se habla; excepcionalmente ha sido motivo de alguna recordación… ¡Pero ahí está! Gravado en el inconsciente social sin ninguna duda y a vos, mi pobrecita jodida te pesa enormemente.
Desde esos andurriales hemos llegado a estos lodos: la última dictadura nos dejó endeudados en 45.000 millones de dólares; durante el gobierno radical de Alfonsín esa suma se incrementó y fue finalmente reconocida; en el gobierno peronista de Menem volvió a crecer (y encima nuevamente cedidos nuestros servicios públicos, incluida YPF) y en el turno del PRO recibimos un crédito de mas de 40.000 millones del Fondo Monetario que no ha servido ni para construir baños precarios. Del pasado reciente mejor no hablar: luego del gobierno (no sé de qué) de Fernández y la actual gestión, el endeudamiento supera los 400.000 millones de dólares. Seguro ese monto incluye muchas comisiones y, por supuesto, innumerables fugas al exterior de mucha gente de bien.
Y vos has quedado en un rincón del cuadrilátero recibiendo trompadas de todos lados porque ahora quieren llevarse nuestros nuevos recursos naturales.
Mi pobrecita jodida, Patria mía, vamos a andar para enfrentar a tanto canalla, para emprender el camino que debemos recorrer juntos.
Dame la mano y vamos a andar.