La peste viene de…

En 1956, con algunos compañeros de la Escuela Comercial de Temperley, fuimos al Teatro Fray Mocho para ver la presentación de “La peste viene de Melos”, una obra del dramaturgo Osvaldo Dragún. En aquella vieja sala instalada en la entonces llamada calle Cangallo de la ciudad de Buenos Aires, presenciamos aquella versión, inspirada en los diálogos de Tucídides, donde con referencia a las guerras del Peloponeso aborda la exigencia de Atenas a una isla que pretendía mantener su autonomía y para someterla el imperio le atribuye ser el origen de una peste. Con este pretexto, luego de dos años de lucha, Melos es arrasada.

La acción transcurre en el año 416 a.C. pero Dragún está hablando de la intervención norteamericana en Guatemala en 1953.

Por aquel año recuerdo un aporte de un por entonces destacado dirigente universitario de nuestro país, Alberto Ciria, que enumeraba las intervenciones del imperialismo yanki en América Latina.

La historia es tan vieja como el mundo: los imperios, los poderosos, tratan de aplicar la misma política que no es otra que acusar a sus enemigos de las peores “cualidades”. Melos será responsable de la peste en aquel tiempo y Maduro será narcoterrorista hoy.

Estas intervenciones se desarrollan sistemáticamente con procedimientos previamente sostenidos por las agencias de información del imperio para justificar lo imposible de justificar. A ello suele seguir la acción de la diplomacia y cuando esta no alcanza, la del garrote que no otra es la que ejerce EE.UU. en estos casos.

Lamentablemente el procedimiento tiene antecedentes que el imperio ya ejerció en su momento contra el general Mario Noriega, cuando el 20 de diciembre de 1989, en el desarrollo de la “Operación Causa Justa” (¿Te gustó el nombre?), invadió Panamá con el pretexto de proteger la neutralidad del Canal. Noriega era un militar formado por los EE.UU. y que respondía originalmente a sus intereses hasta que en un giro de 180º llegó a declarar la guerra al imperio. Se entregó a principios de 1990 y permaneció en prisión hasta su muerte en 2017.

No es el caso del presidente de Venezuela por más agresiones que haya recibido su figura. Fue electo por Chávez como continuador de su gestión y mantuvo hasta su incalificable secuestro una gestión consecuente con ese mandato. En este caso el operativo se denominó “Determinación Absoluta” lo que revela que el Imperio ya no tiene inventiva para nombres atractivos.

En otras ocasiones el imperio ha logrado cobertura interna merced a la adhesión de algún personaje despreciable. Fue el caso de Somoza que en Nicaragua asesinó al general Sandino en febrero de 1934, de Castillo Armas que en Guatemala derrocó al gobierno del general Jacobo Arbenz en junio de 1954, de Pinochet que encabezó el golpe de estado contra el presidente Salvador Allende en setiembre de 1973, entre tantos otros.

Pero por lo general, la diplomacia del imperio se las ingeniaba para disimular la perversión de sus actos. Aquí, la brutalidad del procedimiento deja helado a cualquiera. El energúmeno que gobierna los EE.UU. es una fiera que no respeta las formas. Se caga en los protocolos, en los organismos y el respeto de la convivencia internacional y lo maneja todo en función de sus internas (están a la vista y necesita mejorar su alicaída imagen) y los intereses económicos del imperio (quiere recuperar el mar de petróleo que existe en el subsuelo venezolano).

El gran energúmeno hace poco se ha sentido el gran elector de la Argentina y por ello le permitió al pobre tipo que nos gobierna ganar las elecciones intermedias el mes de octubre pasado.

A su vez, el pobre infeliz ha salido a respaldar la acción indefendible de su amo.

Tengo una gran vergüenza por ello y no tengo la menor duda que estos hechos en algún momento se han de revertir porque el imperio está en decadencia y su única fuerza es la fuerza y en estas latitudes sabemos desde hace mucho que “la fuerza es el derecho de las bestias”.

 
04-01-26

 

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